El tiempo y la maternidad

06.04.2018


Te levantás tres, cuatro, cinco veces a la noche y ya no sabés si algo sucedió ayer, antes de ayer o hace diez minutos. Son las dos de la tarde y seguís en pijama "¿Cómo puede ser que ya pasó el mediodía si recién me levanté?" pensás, pero el café con leche helado sobre la mesa te confirma que por lo menos pasaron dos horas desde que saliste de la cama. Desde que salieron de la cama. Porque una mamá empieza el día cuando su bebé decide hacerlo. Ni antes ni después.

Te sentás a darle la teta por vez mil en la semana y sentís que el tiempo no podría pasar más lento. Entre que mirás la hora y volvés a mirarla, pasaron solamente quince minutos. "Esto es eterno", pensás. Y si.
Eterno y fugaz.
A tu día no lo marcan las agujas del reloj, porque estás inmersa en un círculo constante de teta o mamadera, pañales, cólicos, sonrisas y sueño interrumpido.

Te olvidás de lo que ibas a hacer, hasta de ir al baño. Un mensaje de texto puede estar sin responderse por días, y lo sumás a la lista de cosas pendientes que querés hacer cuando se duerma. Pero cuando se duerme -si se duerme- aprovechás para hacer pis, lavarte los dientes, tomarte el café frío, y poner ropa a lavar. Y en un momento, aunque tenés incontables cosas para hacer todavía, te detenés un segundo a mirar a tu bebé. A mirar como respira, como se le mueve la pancita cuando lo hace, te distraés mirando una sonrisa o un gesto de tristeza y pensás en qué estará soñando. Te gustaría que ese instante dure para siempre, que se detenga el reloj justo ahí, porque podrías pasarte los días mirándolo dormir. Casi que lo extrañas cuando duerme, no tiene ningún sentido y solo una mamá puede entender esto: estuviste todo el tiempo esperando que se duerma y cuando finalmente lo hace lo extrañás despierto.

La maternidad está plagada de contradicciones.

Mirás las fotos que le sacaste hoy, quizás un video. Lo reenviás a tu grupo de amigas, familia o a los padrinos. Cuando decidís que ya es momento de cambiarte de ropa y te vas al cuarto, lo escuchás que se mueve, un mini quejido anuncia que ya está, que se terminó ese momento tan esperado por vos. Se despierta y otra vez el gran círculo de teta-pañales-cólicos-sonrisas-sueño...

Pero un día -porque si hay algo que puedo prometerte es que ese día llegará- vas a mirar a tu bebé intentando gatear y te vas a dar cuenta que es verdad eso que te decían de disfrutar cada instante, porque el tiempo se fue volando y aunque lo veías imposible ya te acostumbraste a que esté así de grande. Ya casi no podés recordar cómo era ese bebito de tres kilos que te entraba en un brazo y al que todo lo que le interesaba en el mundo era estar con vos. Darías lo que fuera por volver a sentir su olorcito a recién nacido, su cuerpo pequeñito sobre tu pecho y sus manos diminutas aferrándose a tu dedo.

El tiempo en la maternidad es un traicionero: corre cuando lo queremos atrapar y parece detenerse cuando necesitamos que avance.